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Recinto Amurallado

 
De todas las murallas de Melilla el mar siempre fue la más alta. Y donde no hubo agua el hombre tuvo que levantar olas de piedra. Así Melilla se rodeó de muros que recordaban al mar, de fosos que olían a agua salada, de torres que vigilaban horizontes marinos. Melilla no fue una isla sólo porque el mar no quiso bañar todas sus fronteras.
 
La ciudad nació entre murallas naturales a las que poco a poco el tiempo añadió evolucionadas fortificaciones. Los ataques llegados por mar y por tierra fueron la obsesión de quienes levantaron la ciudad; por eso la guardaron siempre entre grandes muros de piedra. Para los habitantes de Melilla en cada etapa de su historia, las murallas fueron el símbolo de su fortaleza, la armadura con la que se resguardaron de los peligros que entrañaba ser senda entre continentes.
 
Abundantes fosos, torres, baluartes o bastiones pueblan los cuatro recintos amurallados, y bajo las fortificaciones un laberinto de galerías completa la estrategia defensiva de la ciudad. Toda una infraestructura que no ha sido ajena a la influencia artística de cada época. Detalles góticos, renacentistas, barrocos y neoclásicos se entremezclan a través del paso del tiempo en una estratégica villa condicionada por su destacada situación geográfica. 
 
Se pueden concertar visitas guiadas para grupos a través del teléfono: 952976201

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