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Historia

 

Breve historia de las fortificaciones de Melilla

(Según guía de Melilla de A. Bravo y J.M. Sáez)

El origen de las murallas de Melilla hay que buscarlo en la factoría fenicia de Rusaddir, que se transformaría después en ciudad púnica y que destacaba como oppidum (fortaleza), contando a mediados del siglo I a.C. con un circuito de murallas que, al menos, tenía dos puertas principales. Su importancia permaneció en los primeros siglos de la era cristiana, llegando a ser colonia romana. Posteriormente esta ciudad clásica y sus murallas languidecieron, y se pierde su memoria histórica hasta que fue reconstruida entre finales del siglo VIII y mediados del IX, renaciendo brillantemente en el X.

En el año 927 el califa omeya de Córdoba Abderramán III construye una potente muralla de piedra, convirtiendo la ciudad en una base estratégica de apoyo para su escuadra mediterránea. Desde entonces Melilla y Ceuta (ocupada ésta en el año 930) serían respectivamente la primera y la segunda llaves del estrecho para los Omeyas. El Bekri en el siglo XI describe esta Melilla andalusí como ciudad antigua rodeada de una muralla de piedra y defendida por una fortaleza inexpugnable. Esta idea de ciudad fortificada es también la que transmite un siglo después El Idrissi, que la presenta como ciudad bonita de tamaño mediano y rodeada de esas potentes murallas califales.

Aunque en 1204 los almohades reedificaron sus defensas incorporándole una torre albarrana de planta octogonal, durante los siguientes siglos, y sobre todo en el XV, la ciudad languidece y sus murallas son descuidadas. Las disputas dinásticas y la caída del comercio provocan su decadencia y posterior abandono. En ese contexto se produce el interés de los Reyes Católicos en ocupar la vieja fortaleza semidestruida, hecho que ejecuta en 1497 el duque de Medina Sidonia, enviando a realizar la acción a su comendador Pedro de Estopiñán Virués, acompañado por el ingeniero Ramiro López.

El primer dibujo conocido de estas murallas medievales data de 1540 y 78en él se refleja el desembarco realizado por los españoles en las playas arenosas al sur del promontorio. La imagen nos muestra a los operarios que comienzan los trabajos de reconstrucción de las murallas, montando "un enmaderamiento de vigas que se encaxavan, e tablazón que llevavan hecho de Hespaña e travaxaron toda aquella noche de lo hazer é poner a la redonda de la muralla derribada,... é asentados los maderos por sus encaxes, é clavadas las tablas, quedavan hechas almenas trecho en trecho"... El coste de estas obras fue de . .."doze cuentos (millones) de maravedises solamente reedificar Melilla de muralla, cava e barrera..."

A los pocos meses de su ocupación, en 1498, un interesante documento del Archivo General de Simancas nos indica que sus murallas formaban un perímetro irregular de unos 1.255 metros, que encerraba en su interior una fortaleza de unos 27.270 metros cuadrados. “É trabaxando en las obras, acabaron de reparar los adarves é torres, por la parte de la tierra atravesaron de la una a la otra una gran cava – foso -- , é sobre ella una puente levadiza, por donde se sirven de la puerta de tierra".

Ese mismo año, los Reyes Católicos y el duque de Medina Sidonia firmaron el Asiento de Alcalá de Henares, donde se acordó continuar con las obras de fortificación de Melilla aportando otro millón de maravedises más para consolidar los muros con artillería y construir torres. En estos primeros años se iban a diferenciar claramente en la fortaleza de Melilla dos núcleos o recintos amurallados contiguos, la Villa Nueva situada en el peñón rocoso y la Villa Vieja, situada a sus pies.

En el período que corre de 1500 a 1515 se continuaron las obras, levantando lienzos de murallas y torres con almenas en ambos recintos, tasándose el coste total de los trabajos en casi 230.000 maravedises.

La Fortaleza del Renacimiento. Desde 1515 a 1556 transcurre un período fundamental para la ciudad, porque fue en estos años cuando se consolida casi definitivamente la forma de la Villa Nueva, también denominada Primer Recinto.

Entre 1525 y 1526 se produce el repliegue de la población de Melilla a esta Villa Nueva, porque el emperador Carlos I decidió reducir el perímetro de la fortaleza. Para ello firmó la Capitulación de 1527 y envió a Melilla al ingeniero Gabriel Tadino de Martinengo para que organizara las obras. “ Se trabajó una fortaleza en lo mas eminente del recinto... en donde antiguamente estaba el castillo ”, centrando sus esfuerzos en el llamado Frente de Tierra. A partir de entonces, diversos ingenieros continuaron lo iniciado por Martinengo: en 1529 era Juan Vallejo el que consolidaba la zona de las Puertas y en 1533, Miser Benedito de Rávena revisaba los trabajos del Frente de Mar, obras que ejecutaría el maestro mayor Sancho de Escalante. Para 1541 el ingeniero encargado del trabajo era Francisco de Tejada.

En 1549 llega a Melilla un nuevo y prestigioso ingeniero, Miguel de Perea, con la misión de finalizar los trabajos de configuración del Primer Recinto. Perea reconstruye todo el Frente de Tierra, la casamata y puerta de Santiago con su foso y la capilla del mismo nombre. A su muerte, ocurrida en 1551, nuevos ingenieros como Francisco de Medina o Juan de Zurita finalizaron este programa de obras.

Para 1556, el Primer Recinto estaba ya en la forma en que podemos observarlo hoy día, con unas murallas defendidas por doce torreones cuya forma y tipología, cilíndrica y elíptica, obedecen a la escuela de transición del medievo a la fortificación renacentista moderna, parecidas a las que en 1527 dibujó Alberto Durero en su tratado sobre fortificación.

Realizado ya lo fundamental de sus murallas, restaban por construir otras obras y edificios imprescindibles en su interior, caso de los almacenes y de los aljibes. El primero de ellos, llamado aljibe viejo, fue terminado por Sancho de Escalante en 1549, pero los de más capacidad se terminaron en 1571.

Fueron estos años de mucho trasiego en torno a la laguna de la Mar Chica junto a Melilla, porque en ella se refugiaban piratas turcos y argelinos. Por ello Felipe II pensó en su fortificación y envió a sus ingenieros para que lo estudiaran, aunque finalmente no se hizo nada. Es en este momento cuando se construyen los fuertes exteriores de la ciudad y se firma el Tratado de Paz y Protección de 16 de noviembre de 1557 , suscrito entre las autoridades de Melilla y la población de la Alcalahia (región de Kelaya o Ikelaia) por el que se reconocía la autoridad española sobre la región circundante. Estos fuertes de San Lorenzo, Santiago, San Francisco, San Marcos y Santo Tomás facilitaron el control de los alrededores de la ciudad y durante mucho tiempo resultaron de gran efectividad ya que permitieron controlar las huertas y pastos exteriores.

Las necesidades de reforma del setecientos:

Desde la mitad del siglo XVII se inicia un período caracterizado por los continuados ataques del sultán Muley Ismail a Melilla, que mantendría a la ciudad sitiada durante cincuenta años.

Ante la falta de medios económicos no se iniciaron obras nuevas pero sí se repararon todos sus muros y torreones. La necesidad fue realmente apremiante porque ante los ataques se fueron perdiendo todos los fuertes exteriores construidos durante el siglo anterior.

Aunque los diferentes gobernadores repararon en lo posible las murallas de la Villa Vieja, sus muros no estaban preparados para soportar la presión de un ejército moderno. Y ello a pesar de las reformas que el ingeniero Octavio Meni realizó en todos los fosos de la ciudad.

Las verdaderas reformas en las fortificaciones de Melilla se inician en 1687, cuando se construyen obras nuevas como la torre de la Concepción y el Hornabeque, o fuertes como San Antonio de la Marina, San José Bajo y Santiago exterior. Y aunque estos trabajos se paralizaron durante la Guerra de Sucesión española, Melilla verá transformar completamente su fisonomía fortificada a partir de 1714, cuando prestigiosos ingenieros como Pedro Borrás o Juan Martín Zermeño apliquen en los recintos las nuevas técnicas abaluartadas procedentes de la escuela de fortificación hispano-flamenca.

Pedro Borrás transforma a partir de 1716 el antiguo Hornabeque en un frente abaluartado perfecto, con los dos baluartes de San Pedro y San José Alto que definen el Segundo Recinto. Dos años después, el gobernador Alonso Guevara Vasconcellos con la ayuda de Juan Martín Zermeño reforma todo el circuito exterior de la Villa Vieja, transformándolo en un frente en corona abaluartado presidido por el baluarte de San Fernando, dando lugar al Tercer Recinto. Por otra parte, también rehace la Batería Real del Primer Recinto y otras obras que modernizan todas las defensas de la ciudad.

Melilla quedó definida entonces por un Primer Recinto de perfil renacentista aunque reforzado con baterías del XVIII y un Segundo y Tercer Recintos que siguen las técnicas de fortificación abaluartadas. Desde ese momento el principal problema para la ciudad se centró en el cerro o padrastro (palabra utilizada en fortificación en su acepción de elemento que domina algo de forma inquietante) del Cubo que, frente a la fortaleza, se convertía en su principal pesadilla en caso de que la artillería enemiga pudiera asentarse sobre él.

Por ello se planeó ocupar esta posición bajo la dirección del gobernador Antonio Villalba y del ingeniero Juan Martín Zermeño, con el fin de asentar y consolidar sobre su altura una serie de defensas. Finalmente en 1732, se comienzan a construir los fuertes de Victoria Chica, Victoria Grande y Rosario. Por su parte en la zona baja de huertas se reconstruye San Miguel y entre ambas distancias surge una cortina jalonada con otros fuertes como San Carlos y Plataforma. A lo largo del siglo XVIII quedó concluido este nuevo recinto de Melilla, el Cuarto.

Durante este periodo también se reforzó la estructura urbana del Primer Recinto, con la construcción de edificios principales como el Hospital del Rey, con proyecto de 1752, o los almacenes que se construyen en el último tercio del siglo XVIII: Florentina, San Juan y Peñuelas, así como la Maestranza y otros cuarteles.

Y ésta es la Melilla que soporta su prueba más difícil: el asedio que sufrió entre 1774 y 1775, en el que 3.609 defensores con 165 piezas de artillería se enfrentaron contra un ejército de 40.000 atacantes enviado por el sultán Muley Abdalah que contaba con modernos sistemas artilleros y que puso en marcha una meticulosa guerra de minas. El resultado fue que la fortaleza de Melilla salió victoriosa de la prueba y el ejército marroquí tuvo que levantar el asedio.

La necesidad del Quinto Recinto

Desde 1796 hasta mediados del siglo XIX Melilla sufre otra crisis que superará mediante otro impulso que la llevaría a construir nuevos fuertes exteriores: se estaban generando los pilares de una nueva ciudad. Vimos como Melilla contó con varios fuertes exteriores situados sobre colinas estratégicas a un kilómetro de las murallas. Estos fuertes defendieron la ciudad y sus límites durante los siglos XVI y XVII, hasta que a finales de esa centuria se perdieron en sucesivos ataques.

Con posterioridad, tras largas negociaciones entre España y Marruecos, se redacta el Tratado de los Límites de Melilla , que sería firmado el 24 de agosto de 1859 y ratificado en el Tratado de Wad Ras de 25 marzo de 1860. En ellos se reconocían a España los límites de la ciudad ya señalados desde 1557.

El 14 de junio de 1862 se materializa esta ampliación de límites, mediante un curioso sistema: por medio del alcance de un cañón, conocido como El Caminante , de 24 mm. de calibre y a 21º de elevación, disparado desde el fuerte de la Victoria. Con este disparo se consiguió una distancia de tiro de 2.900 metros, que sirvió de radio para trazar los nuevos límites y la demarcación fronteriza con Marruecos, tomando como centro la actual plaza de España: el territorio de Melilla quedó fijado desde entonces en 12,33 kilómetros cuadrados.

La ampliación de los límites generó varios proyectos de ensanche de las fortificaciones de la ciudad, como el de Francisco Arajol de 1864 y el de Francisco Roldán de 1865-1866 que preveían construir una serie de torres de vigilancia. Sin embargo, el autor de la mayor parte de estos nuevos fuertes fue el ingeniero militar Eligio Souza. Desde 1881 a 1893 es cuando se construye la Melilla del Quinto Recinto fortificado, que quedaba formado por la línea imaginaria que unía 16 fuertes de forma y tipología muy diversa: circulares y poligonales, torres hexagonales y octogonales, fortines, baterías y reductos. Con ellos, la población estuvo preparada para expandirse más allá de la fortaleza por el nuevo terreno de soberanía que sería ocupado en un interesante proceso constructivo, generando la ciudad moderna de Melilla.

 

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